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Almendra
Delicadas, cortas, en su resumida esencia de mortal calibre, como implantes ciegos sobre el metacarpo, el húmero y deltoides; negros espacios que el perito sabe descifrar a ojo de pájaro para que la postrer camilla, tiesa de tanto dolor y detergentes, lleve escurridiza, laxa, una carga más de indiferencia y rutina.
Después regresa aquel momento del paseo, el dulce de algodón y, los megáfonos, anuncian a mujeres pervertidas, descomunales arañas castigadas que, humanoides, insisten en su primera tanda obedecer a los padres. En la fatal acera, un recorrido de cal y veladoras ilustró el levantamiento de aquel cuerpo, pero las personas, unas cuantas, atinan de intención primera salvaguardar la distancia luego que todo vuelve a su disparo y su carga.
La monotonía se irrumpe en la lejana sala blanca donde un médico auxiliado por dos jóvenes (uno escucha música en un milagro de acordeón metálico) disponen a desnudar y a hacer apuntes. Silencio.
Es el maestro que a los aprendices habla del suceso, de cómo la torpeza de otros prolonga esa sabiduría necesaria y, descubierto el caído, proceden a lavar, a investigar ciertas causas. En su inmóvil postura y rigidez que inicia, una mecánica ya clásica se incorpora a la velocidad de aurora gris, de un desamparo total en donde la orfandad, por el momento, es única.
De vez en cuando, en esa plancha rígida, un comentario que nada tiene que ver con el asunto, aderezado con risas, encuentra eco en las paredes frías de tantos aromas tan difíciles donde los ácidos y las entrañas llegaron a los utensilios, ropas, rostros de lo más adustos que cumplen con cierta crueldad lo que la ley les exige.
Ya la temible cuchilla ha abierto el pecho, su filo que resalta victorioso sobre una carne dormida extiende una obertura sin par, descomunal y monstruosa.
Luego de examinar aquello inerte, proceden los dos muchachos a cerrar el cuerpo; suturan de manera burda abajo del mentón hasta el ombligo, hablan de cierto deporte mientras lo hacen y, uno de ellos, dice de una cantante de moda; a tanto aquí la muerte se minimiza y entiende.
“Como una almendra”, dice el doctor que está a cargo, al ver la herida sobre el pecho que atravesó el cayado de la aorta y convirtió al corazón en un vuelo. Entonces, el aprendiz limpia sobre su bata blanca una porción de sangre muerta y salen mientras tararea aquel género y su compañero baila.
Cañón
Que vieras entre nubes hacer a tu mamá “streep tease” con una orquesta de tercera a sus espaldas, como arrinconada en una herida de la más profunda oscuridad y un saxofón –soplado por un borracho a intervalos- fuera la especie de marco musical arrabalero mientras que ella, displicente, comenzara a despojarse como margarita y sus olanes, sus brocados blancos, cayeran poco a poco; que se desplomaran no al camastro del hotel de paso sino como que se viene el mundo: a cada golpe del brassiere, medio fondo, ligas; arremangado su vestido encima de una mortecina lámpara y un ratón de la atarjea cruzara a toda prisa en tanto de nuevo el saxofón de mala muerte, ejecutara un halo de alcohol y puro vicio. Que tu mamá, con el índice como ganchito, iniciara a interpretar universal un llamado mientras su boca acomodara un ósculo al oxígeno y se doblara un tanto hacia adelante, sobre la mesa raída o encima de un cojo buró o de la cama del cuarto de a cincuenta pesos rato. Maravilla, como agujero en la atmósfera, como glúteo al aire en donde puedes observar que otras muchachas tienen los calzones rotos. Entonces tu mamá, que continuaría bailando como poseída, de pronto se quitara la última prenda, mínima por cierto, blanca por cierto, y la arrojara hacia tu rostro, impávido de ver cómo la desnudez de tu progenitora, esa hembra que te trajo al mundo, te causa un escozor de frío, un gato trémulo, un vidrio que te rasga el alma. Y entonces tú desobedeces, a la moralina del catecismo dominguero, a los mandamientos que en número de diez te han inculcado a fuego. Tu mamá está que arde, viene, llega peligrosamente, se acerca despaciosa. Ah qué pubis de negrura, qué celaje de cielo bajísimo, de penetrar el misterio, tocar la pulpa del hambre, saciar el agua cuando en eso sientes cómo tu mamá coloca un beso en tu frente y sale de puntitas, jovencito, que sabes has humedecido otra vez las sábanas.
Día de difuntos
Salgan salgan salgan ánimas en pena que el Rosario santo rompa sus cadenas
No sólo los días uno y dos son, en el estado de Tabasco, México, dedicados a los fieles difuntos sino prácticamente todo el mes de noviembre. La gente dice que “engorda” debido a los compromisos familiares, de vecindad o amistad que los compromete a acudir a los distintos rezos en memoria de los muertos y, en tales prácticas, es común obsequiar a los asistentes -ceremonia a cargo de una rezadora que interpretará el Rosario- tamales, pozol, pan y diferentes bocadillos al término al que por regla general asisten mujeres, los hombres casi no y los jóvenes menos mientras la chiquillería, alborotando en los alrededores, sólo se calma a la hora de degustar la comida.
Ave María Purísima, sin pecado concebida, por la señal de la santa cruz, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo
Velas de sebo, incienso, copal y veladoras son el marco de estas ceremonias de respeto y tradición donde cumplidamente, a todo lo largo del mes, no cesan este tipo de oraciones para que los que han partido de este mundo descanen en paz y sepan que se les recuerda con cariño y con amor.
En el altar, la familia dispone de comida y bebidas especiales que le gustaban al difunto; también, se colocan cigarrillos si es que fumaba y alguna botella del licor de su predilección. El rosario dura una hora aproximadamente y son cinco misterios sabiéndose ya de memoria las comadres el momento específico de los coros.
Torre de marfil, ruega por ella, torre de David, ruega por ella, rosa mística, ruega por ella...
Se alude a la preciosa sangre de Cristo, a que los saque de penas y los lleve a descansar, a la divina sangre derramada, a la reina y a los ángeles del cielo, a las potestades todas encumbradas en un fervoroso ruego de perdón y redención.
A estos eventos llega toda clase de gente, por ejemplo Nati, reiterada puta reconocida hasta el alma por su dedicación gratuita a andar con todos o, más bien, con el que le gusta cuando que también, por sus apuros económicos, no hace distingos sabiéndose que eso de la revolcada le fascina y, su fama de rebelde y disipada vida, le ha costado escándalos, encarcelamientos, borracheras, amenazas, golpes, deudas, queridos y seis hijos de diferentes padres sin contar con los traileros, agentes de paso o el ciudadano común que, un día, la vio coqueta en el parque y listo, dos o tres cartones de cervezas y Nati en el monte o el motel.
Por la señal de la santa cruz, de nuestros enemigos líbranos señor Dios nuestro...
La llegada de Nati, morena de treinta y tantos, busto grande, nalgas firmes y redondas, siempre causa una ligera conmoción, sobre todo en las chamacas indecisas por entregarse a los hombres ya que, en los pueblos donde no hay cine ni periódicos, la cama es una alternativa de placer y gusto.
Ahora, en el rezo donde nadie sabe quién carajos la invitó, luce preciosa con su pelo suelto ensortijado, negro, que le llega un poco abajo de los hombros. Cosa curiosa, no viene acompañada de un varón, como acostumbra –su padrote en turno- sino de dos amigas, más jóvenes que ella, con inclinación también a lo perdido o que, para algunas mujeres tal vez, tenga su timbre de envidia pues, cuando se tienen maridos impotentes, de eyaculación precoz, o tratamientos de próstatas, el sexo en la provincia es un clamor.
Creo en Dios Padre, Creador del cielo y de la Tierra....
Sobre el altar se han dispuesto los platillos de honor; hay cigarrillos y trago pero también dos fotos a como es costumbre en estos casos. En una de ellas aparece la difunta, una morena de sesenta y tantos que sostiene en su regazo a una pequeñita linda como de seis años de cabello largo ensortijado.
Una de las acompañantes de Nati se acerca a contemplar la foto al momento en que el rezo ha terminado y se dio ya inicio a la repartición de bocadillos.
-¡Nati, Nati!- dice la joven sosteniendo su platito de unicel y mordisqueando un tamal- ¡mira, mira ven, esta niña se parece a ti, es igualita cabrona!
Y en un rincón de la casa, muerta en lágrimas calladas, Nati decide salir a toda prisa de allí.
Salgan salgan salgan ánimas en pena...
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