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Fui pues a la habitación de mi víctima, resuelto a perderlo. El profesor Piñeira paseaba ante la ventana. Me deslicé como un escalofrío bajo su ropa y me abracé a él.
Inmediatamente lo invadió la fiebre: abrió la ventana, pero ni siquiera la ráfaga fresca de la noche era suficiente. “¡Belfegor, eres fuego puro!”, me dije. Mi víctima se desnudó y corrió a la calle.
Al bajar las escaleras tropezó en la oscuridad y se rasguñó una mano. “Acércate a la luz de la lámpara”. Dicho y hecho: el profesor se acercó a la luz y vio la sangre que manaba abundante de su herida, profunda.
Al limpiarla, un pedazo de oro relumbró entre sus dedos: la falange que había quedado al descubierto era de oro puro de veinticuatro quilates.
Cuando recobró la calma, volvió a la habitación y, con sumo cuidado, raspó con una lima el hueso descarnado. El polvillo le confirmó lo que ya sabía: que su esqueleto era de oro puro, fino oro de primera calidad.
COMENTARIO: este cuento estaría en la línea del relato realista con trasfondo moral, desarrollado con especial maestría por el conde León Nikolaievicht Tolstoi, en el último tercio del siglo XIX, tras su crisis personal y religiosa, sufrida durante la redacción de Ana Karenina. Lógicamente, por este autor y por su época, dicho trasfondo era necesariamente cristiano. La presencia de Belfegor (uno de los demonios encarnación de uno de los siete pecados capitales, concretamente la pereza), refuerza ese vínculo estilístico, que también puede apreciarse en aspectos narrativos, como la linealidad y el predominio de la descripción de lo externo. Otros elementos, en cambio (la primera persona, el ambiente hasta cierto punto claustrofóbico, o la asunción de lo sobrenatural como normal), remiten mejor al mundo de Kafka. Se ha procurado que el final sorpresivo surja de modo natural y, hasta cierto punto, pueda percibirse, a posteriori, por el lector, como algo previsible e incluso inevitable.
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