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La retórica de artistas y teóricos ha acabado calando en nosotros y tendemos a pensar que las creaciones humanas son fruto de intuiciones geniales, de raptos de inspiración y de esoterismos varios. Pero en realidad, si bien a veces es cierto, sorprenden las peregrinas razones que han movido a los hombres a poner en marchas las más grandes empresas y a elaborar las más excelsas obras de arte. Uno de estos casos en los que las razones prácticas se superponen a las consideraciones más elevadas es el de Nicolás Maquiavelo (1469-1529), quien escribió algunas de sus obras bien por encargo o bien para resolver algunos problemas en los que andaba metido.
No debe extrañarnos este excesivo practicismo, puesto que Maquiavelo fue, ante todo, un hombre práctico, un hábil político que dedicó buena parte de su vida a la diplomacia y a los asuntos de los poderosos, por lo que conocía muy bien los resortes psicológicos que se esconden tras todo ejercicio de poder (y tras cualquier actividad humana, porque las relaciones de poder están en todas partes, no sólo en los despachos gubernamentales). Para entender a Maquiavelo y su pensamiento es preciso conocer las circunstancias políticas en las que desplegó su vida y su actividad, ligadas al destino de su lugar de nacimiento: la Florencia renacentista.
La actual Italia estaba disgregada en una miríada de ciudades-estado en continuo conflicto, sometidas a los intereses del papado y de los reinos vecinos. En este contexto, en Florencia se había establecido un sistema de gobierno republicano, conformado por distintas instituciones entre las cuales el poder quedaba repartido, alcanzándose así un cierto equilibrio gracias al cual se impedía que todo quedara concentrado en manos de un solo hombre. A la sombra de este régimen floreció la banca, que se aprovechó de las convulsiones para hacer préstamos a todas las partes implicadas en los conflictos vecinos. Debido a ello hubo varias familias que prosperaron, la más importante de las cuales fueron los Médicis (una familia proveniente de la agricultura tradicional), que poco a poco fueron llegando a los puestos importantes y ejerciendo su influencia.
De este modo, el sistema republicano, con todo su complejo de pesos y contrapesos fue dando paso a un gobierno en manos de los Médicis, que dominaban todas y cada una de las instituciones florentinas.
Los Médicis accedieron al poder en 1435, con Cosme el Viejo al mando. A partir de entonces empezó un período de conjuras entre las distintas familias y facciones florentinas, las cuales se habían olvidado ya de la vieja república y aspiraban a desplazar a los Médicis y hacerse ellos con el poder. Aunque el arte floreció durante aquellas décadas, convirtiendo a Florencia en la capital del Renacimiento, éste no fue más que el reflejo de la rivalidad entre las familias, que pugnaban por embellecer sus palacios más que las otras y en tener a su servicio a los mejores artistas. Poco a poco, la república de Florencia fue degenerando debido a las continuas luchas intestinas, lo cual motivó que empezaran a surgir voces que reclamaban volver a la vieja situación de un poder repartido y en equilibrio. Además, las presiones y el intervencionismo exteriores (del Papado, de Francia y más tarde de España) amenazaban constantemente la estabilidad del régimen de los Médicis. Por ello tuvieron que desarrollar una hábil diplomacia, y aquí es donde entra en juego Maquiavelo.
Su labor comenzó en 1498, cuando Florencia ya estaba muy desgastada, tras la muerte de Lorenzo el Magnífico y el breve gobierno de Savonarola. En 1494 el pueblo, enfurecido por la invasión francesa de la Toscana y por la capitulación de Pedro II de Médicis, expulsó a la familia del gobierno, quedando al frente el fraile Savonarola, quien pretendía volver al rigor ético y político de los tiempos de la República (frente a la progresiva paganización y pérdida de valores de los Médicis). Savonarola murió en 1498, sucediéndole diversos órganos de gobierno y Piero Soderini en 1502. En este contexto es en el que tuvo Maquiavelo que desarrollar su labor. De entrada se le nombró Secretario de la Segunda Cancillería, una especie de secretariado del Consejo de los Diez para la Libertad de la Paz, en definitiva, el encargado de las relaciones exteriores. Varias misiones le fueron encomendadas y las llevó a cabo con notable éxito, por lo que de cada vez se le encargaban tareas más complejas y de difícil solución, como mediar con los franceses, que mantenían una presión creciente sobre el norte de Italia, y también con los Papas, que con la fragmentación política de los territorios de la península itálica pretendían influir sobre ellos y evitar los riesgos derivados de tener grandes potencias cerca de Roma.
Su habilidad diplomática hizo que la Francia de Luis XII, el emperador Maximiliano y Cesar Borgia tuvieran que negociar con él, nuevamente con éxito, lo cual le reportó una enorme reputación como mediador. Pero el destino le reservaba una mala jugada: en 1512 Piero Soderini fue expulsado del poder por los Médicis, y Maquiavelo fue destituido y encarcelado, ya que su gran labor le hacía aparecer a los ojos de los Médicis como uno de sus enemigos y fue acusado de haber conjurado contra ellos. Tras ser liberado gracias a la mediación del Papa León X, se retiró con su mujer e hijos a una villa a las afueras de Florencia. Allí llevó una vida rústica dedicada a la reflexión y a los paseos por el campo. Por las noches se vestía con los ropajes que solía llevar durante su vida activa y se dedicaba a leer y a escribir. En este período escribió sus obras principales, entre las que cabe destacar los Discursos sobre la primera década de Tito Livio y El Príncipe.
En los Discursos, Maquiavelo realiza una encendida defensa del sistema republicano tradicional, con un importante componente ético y de separación de poderes y contrapesos como mejor forma de gobierno, frente a la tiranía del gobierno de un único hombre o de su familia. Aunque este era su auténtico posicionamiento político, no dudó en interrumpir la redacción para escribir El Príncipe, texto con el que pretendía congraciarse con los Médicis y volver a la actividad diplomática. En él, sirviéndose de su experiencia y de sus agudas dotes psicológicas, describía cómo un nuevo gobernante debía ganarse el aprecio del pueblo y el respeto de los rivales, como mejores herramientas para mantener el poder. Así pues, tenemos una de las más grandes obras del pensamiento político surgida con el único fin de reconciliarse con los gobernantes y volver a trabajar. Algo que no consiguió, puesto que aunque le hizo llegar una copia a los Médicis, éstos no tomaron ninguna medida al respecto. De todos modos, con el tiempo sí que le fueron encomendadas algunas labores, como la redacción de una historia de Florencia y varias mediaciones en conflictos con algunos sectores de la sociedad florentina. No obstante, su vida estaba atada a los avatares de la convulsa vida política de aquel tiempo, y en varias ocasiones fue acusado de conjurar y fue encarcelado, y a la larga, olvidado y apartado de toda actividad política, lo cual le provocó un profundo estado de tristeza que le llevó a la tumba en 1527.
Los Discursos fueron publicados póstumamente en 1531, y desde entonces se ha planteado un cierto conflicto en torno a su obra, ya que aparentemente choca con El Príncipe, mucho más práctico y con valores contrapuestos a los Discursos. En buena parte esto es debido al interés que movió a Maquiavelo a escribir El Príncipe, que no era otro que el de conseguir un puesto en la diplomacia de los recién restituidos Médicis, a los que encomendaba la tarea de unificar Italia para que no se viera sometida a los manejos de las potencias extranjeras. Y en el horizonte, el anhelo de que, una vez asentado el proyecto, Italia se convirtiera en la república ideal descrita en sus Discursos.
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