|
 Hagamos un ejercicio de memoria histórica. O de descubrimiento, porque el personaje y los hechos que se van a relatar a continuación son más bien poco conocidos en esta desgraciada, desagradecida y miserable España, a pesar de ser uno de los episodios más importantes de nuestra historia particular y de la historia militar en general. El protagonista fue el guipuzcoano Blas de Lezo y Olavarrieta, nacido en 1689, almirante de la marina española. Su carrera se inció en la marina francesa durante la guerra de sucesión española. En la batalla de Vélez-Málaga (1704) demostró por primera vez su valor temerario, a consecuencia del cual una bala de cañón le destrozó una pierna que tuvo que ser amputada por debajo de la rodilla (a partir de entonces se le empezó a conocer como patapalo), pero que también le sirvió para que se le ascendiera a alférez y se le ofreciera ser asistente de cámara de Felipe V, cargo que rechazó pues ambicionaba hacer carrera en la marina. Allí mostró su fiereza como militar participando en numerosos abordajes y apresamientos de navíos ingleses, en uno de los cuales una esquirla le hirió en un ojo, dejándolo parcialmente ciego. Al final de la guerra, en 1714 participó en el asedio de Barcelona y la reconquista de Mallorca. Durante el sitio barcelonés, el 11 de septiembre recibió un balazo en el brazo derecho que se lo dejó inutilizado, con lo que al terminar la guerra, con tan sólo 25 años, ya era manco, cojo y tuerto (lo cual motivó su otro apodo, mediohombre). Ascendido a teniente general de la Armada en 1734, fue nombrado comandante general de Cartagena de Indias (en la actual Colombia), plaza que tuvo que defender en 1741 del sitio al que fue sometida por los ingleses en el contexto de la que fue conocida como la “guerra de la oreja de Jenkins” [1] (1739-1748). El almirante Edward Vernon había vencido en algunas batallas y envalentonado se dirigió a sitiar Caratagena de Indias, a la sazón uno de los puertos más importantes de América, del cual salían para España las mayores riquezas del continente. La armada que los ingleses reunieron era la más grande que el mundo había conocido hasta el momento: 186 barcos entre navíos de guerra, fragatas, brulotes y buques de transporte, y cerca de 24000 hombres reclutados en todos los territorios pertenecientes a la corona británica. Superaba de largo a la infausta Armada Invencible de Felipe II [2]. Con tal poderío, los ingleses se las prometían muy felices, sobre todo teniendo en cuenta que la guarnición de la ciudad contaba con poco más de 3000 hombres y únicamente seis barcos. Era el mes de marzo de 1741, y el avance inglés resultó tan apabullante, que Vernon envió un correo a la metrópoli informando de la victoria al llegar a la bahía de Cartagena y poner bajo asedio la fortaleza de San Felipe de Barajas. Allí ya sólo quedaban seiscientos hombres bajo el mando de Blas de Lezo, y a priori la diferencia de fuerzas era tan abismal que no cabía pensar en otra cosa que no fuera la victoria de Vernon. Éste ordenó cañonear la fortaleza desde el mar y asaltarla desde tierra. Miles de soldados desembarcaron con el fin de rodear el fuerte y atacarlo por su flanco terrestre. Pero la labor se convirtió en toda una odisea para los ingleses, que sucumbieron en gran número a causa del rigor de la selva y de sus enfermedades (la malaria sobre todo). Al final consiguieron llegar a la rampa de entrada, por la cual sólo se podía ascender en fila india, con lo cual los arqueros que Blas de Lezo apostó en la parte superior dieron buena cuenta de los ingleses, que no esperaban una defensa tan acérrima de las posiciones españolas. Como la moral entre los británicos empezó a decaer, se planteó un cambio de estrategia, que en esta ocasión consistió en construir escalas y asaltar el fuerte por sorpresa. Pero no supieron calcular bien la longitud de dichas escalas y todo su esfuerzo fue inútil, quedando a merced de los españoles, que desde el interior de la fortaleza mantenían un fuego continuo que diezmó a los ingleses, de cada vez más desconcertados con su situación, tanto que tuvieron que retirarse a los barcos, desde los cuales mantuvieron un intenso fuego sobre la fortaleza que duró más de un mes. Pero aunque estaban seguros en sus posiciones, el sitio duraba ya más de dos meses, y los víveres escaseaban, con lo cual las enfermedades empezaron a aparecer, haciendo la situación cada vez más precaria. Vernon tuvo que decidirse a la retirada, pero lo hizo con lentitud, en pequeños grupos de barcos que en ningún momento dejaron de disparar su cañones. Incluso fue necesario incendiar varios barcos, porque habían perdido toda su tripulación. Cartagena de Indias no sucumbió a los ingleses y las consecuencias de la batalla fueron funestas para ellos: más de 6000 muertos, entre los que estaba la crema de la armada británica del momento. Además, perdió una gran cantidad de navíos, cañones y pertrechos militares (apropiados por los españoles en las inmediaciones del fuerte), con lo cual quedó muy debilitada, asegurando para España la supremacía en el Atlántico por unas cuantas décadas más. Los españoles, a pesar de haber ganado la batalla y con ella la guerra, perdieron sin embargo a uno de sus más grandes soldados, puesto que Blas de Lezo murió en septiembre del mismo año, aquejado de la peste que asoló la ciudad después del asedio debida a la acumulación de cadáveres. Cuando Vernon supo de la muerte de Blas de Lezo, se acercó de nuevo a Cartagena de Indias, pero la derrota había sido tal que no se atrevió a atacarla una segunda vez. Mientras tanto, en Inglaterra celebraban la victoria sobre el decadente imperio español. Incluso se acuñaron medallas conmemorando el evento, algunas de las cuales terminaron circulando por España como motivo de burla para aumentar la humillación infringida a los ingleses. Éstos pronto echaron en falta la llegada de la armada triunfante, y al enterarse de la verdad, el rey Jorge II montó en cólera y ordenó a sus cronistas que no dejaran constancia del sitio de Cartagena de Indias. Y aunque España debería haber honrado al héroe, lo cierto es que los homenajes nunca han estado a la altura del personaje. Ya su entierro fue poco multitudinario, puesto que había mantenido algunas desavenencias con el virrey de la ciudad, y ningún alto cargo se atrevió a acudir a despedir al militar. Ciertamente, la Marina le rinde los máximos honores, y desde entonces siempre ha habido algún barco de guerra español que ha llevado su nombre. Más allá del estamento militar, tanto el personaje como su historia son muy desconocidos, y tan sólo unas pocas poblaciones han dedicado una calle a su memoria (Valencia, Málaga, Las Palmas de Gran Canaria, San Sebastián y Pasajes, su localidad natal). Ni siquiera la dictadura de Franco, tan dada a glosar con grandilocuencia patriotera las glorias españolas, rescató a Blas de Lezo del olvido. En Cartagena de Indias sí se le recuerda como el héroe de uno de los episodios más importantes de su historia, allí tiene estatuas, calles e incluso un barrio entero a su nombre. Al final, aunque la victoria sobre el terreno fue española, la victoria del tiempo fue para los ingleses, que lograron no sólo que sus cronistas no relataran lo sucedido, sino que los españoles olvidaran la hazaña del militar tuerto, cojo y manco que con unos pocos hombres pudo derrotar a la flota más grande de su tiempo. Más grande incluso que la tan cacareada Armada Invencible, cuyo desastre desmoralizó tanto al imperio que ni siquiera el logro de Blas de Lezo, uno de los episodios bélicos más grandes acontecidos, pudo enderezarlo. Porque la historia no siempre la escriben los vencedores, o al menos, no todos los vencedores escriben la historia. A veces prevalece la voluntad de los vencidos. [1] El corsario inglés Robert Jenkins fue apresado por los españoles, se le cortó una oreja y se le encomendó que comunicara a su rey que se haría lo mismo con él si no cesaban los continuos ataques de los británicos a los barcos españoles, muy frecuentes por aquellos tiempos. [2] A día de hoy, la expedición de Vernon es la segunda flota más importante jamás reunida, sólo superada por la que se organizó para el desembarco de Normandía.
|