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Se cumplen en estos meses de verano los cien años de uno de los sucesos más tristes, vergonzosos (en casi todos los aspectos) y tal vez trascendentes de la historia contemporánea de España: la llamada Semana Trágica. Con ella viene a nuestra memoria un nombre que representa uno de los casos más claros y flagrantes de chivo expiatorio que nos podemos encontrar: Francesc Ferrer i Guàrdia (1859-1909).
A lo largo de los años Ferrer se había convertido en un personaje incómodo para casi todo el mundo, debido a que su actividad como pedagogo chocaba frontalmente con todos los usos y costumbres de la enseñanza de la época. Para empezar, el centro educativo que fundó, denominado Escuela Moderna era de un marcado carácter laico, lo cual contrastaba de forma llamativa con el práctico monopolio de la iglesia católica en la enseñanza. La orientación, además de laica, era libertaria, influida por las doctrinas anarquista, internacionalista y republicana. Para colmo, introducía una novedad escandalosa para la época: la convivencia de niños y niñas en las aulas. Con este breve esbozo de la actividad docente de Ferrer i Guàrdia es fácil de entender que su escuela (que además gozaba de cierto renombre e influyó en numerosos centros educativos, hasta el punto de que algunos de sus presupuestos pedagógicos son hoy en día incuestionados) y él mismo estuvieran en el punto de mira de no pocos grupos de presión. Por un lado estaban los más conservadores: la iglesia y las clases pudientes, que veían en él y sus instituciones de enseñanza (además de la Escuela Moderna creó publicaciones y una Universidad Popular para adultos) auténticas factorías de subversión. Por el otro estaba el socialismo y los partidos radicales y republicanos que lo tenían por un peligroso rival a la hora de conseguir adeptos para su causa. Por ello, entre unos y otros, lograron que la actividad de la Escuela Moderna fuera intermitente, jalonada por interrupciones y cierres en varios momentos.
La labor de Ferrer i Guàrdia tuvo lugar en el área de Barcelona, desarrollando su proyecto educativo entre 1901 y 1909. Sin embargo, su militancia política venía de más antiguo y era más constante. Vinculado al republicanismo y al anarquismo, es habitual que sea considerado como un auténtico conspirador, ya que nunca renunció a la revolución como instrumento político, y al parecer intentó en varias ocasiones provocar huelgas y alborotos. El caso más sonado, que supone un primer intento de utilizarlo como cabeza de turco lo supone el fallido atentado al rey Alfonso XIII el día de su boda, 31 de mayo de 1906. Mateo Morral lanzó un ramo de flores con una bomba escondida desde el balcón de la pensión en la que estaba hospedado hacia la comitiva real, con el objetivo de acabar con la vida del monarca. Pero la bomba cayó al público, provocando un a treintena de muertos. Morral era el bibliotecario de la Escuela Nueva de Ferrer i Guàrdia, y las autoridades no tardaron en atar cabos y acusarle de ser el cerebro detrás del atentado. Como consecuencia, Ferrer pasó un año en prisión, pero terminó saliendo dado que no se pudo probar que participara de ningún modo. En cualquier caso, los estudiosos están de acuerdo en que, si bien no parece ni que instigara ni que ideara la acción terrorista, sí que pudo tener algún conocimiento de ella dada la cercanía respecto al terrorista, sin que hiciera nada por impedirlo [1]. Sin embargo, no hay ni hubo ninguna prueba fehaciente de ello, por lo no fue posible mantenerlo en prisión durante mucho tiempo en base a tan débiles razonamientos (que eran más bien elucubraciones difíciles de demostrar). A pesar de ello, la acusación era una sombra que iba a tener que arrastrar siempre, que facilitaría la presión a la que se le sometía y que, a la postre, acabaría conduciéndole al paredón.
Los hechos por los que fue condenado son los sucedidos en las jornadas que van del 26 de julio al 2 de agosto de 1909 en Barcelona y otras poblaciones cercanas, conocidas como la Semana Trágica. España vivía años agitados, sacudida por los movimientos sociales en expansión de la época, un caciquismo extremo y un dudoso sistema democrático con dos partidos principales y un sistema de turnos que, merced a la actuación de los caciques, permitía saber al ganador de las elecciones antes de que se celebraran. Además, es preciso recordar el estado de desánimo y depresión nacional en el que el país andaba sumido desde la pérdida de Cuba y Filipinas en 1898. En medio de este clima, en el mes de julio de 1909 se desencadenó la guerra de Marruecos [2], obligando a la movilización de tropas. En Barcelona, el domingo día 18 de julio estaba previsto el primer embarque de soldados [3]. Se reunió una multitud en los muelles para despedir a la soldada, formada en gran parte por gentes muy humildes que se habían visto obligados a dejar sus trabajos en las fábricas y a sus mujeres e hijos a su suerte. Junto a ellos y sus familiares se reunió un grupo de señoras de la alta aristocracia, que repartían escapularios, oraciones, tabaco y dulces para los soldados, arengándoles a la lucha y al sacrificio por la patria. Con ellas empezó el baile. Porque las familias aristocráticas habían conseguido que sus hijos no fueran a la guerra pagando altas sumas o haciendo donaciones a los caciques de turno. Esto provocó los primeros tumultos en el mismo puerto, que llevaron a la convocatoria de una huelga general en Barcelona para el 26 de julio. Los ánimos estaban calientes y la huelga fue un éxito rotundo [4].
Las respuesta del poder no fue muy original: sacó el ejército a la calle. Pero la población aclamó a las tropas, a las que veían como una víctima más de las ansias de poder de las clases dominantes, y los soldados se mantuvieron en actitud pasiva respecto a los huelguistas. Al día siguiente, en vista del triunfo de la huelga, la atmósfera de excepcionalidad era más que evidente, y empezó el giro anticlerical. Las alas más radicales de los movimientos obreros junto a cierta marginalidad criminal tomaron posiciones y se lanzaron al saqueo de iglesias, conventos, colegios, orfanatos y todo lo que tuviera que ver con la Iglesia (se calcula que cerca de la mitad del patrimonio de la Iglesia en Barcelona fue atacado y saqueado). La ciudad se llenó de columnas de humo, de escombros, barricadas, francotiradores y alborotadores. El ejército no tenía efectivos suficientes para hacer frente a la rebelión, que ya había adquirido un cariz demasiado serio, por lo que hubo que declarar el estado de guerra en Barcelona y movilizar tropas desde provincias vecinas. El resultado fueron en torno al centenar de muertos (los expertos no se ponen de acuerdo en la cifra exacta) y el fin de la rebelión al cabo de apenas unas horas tras la llegada de los refuerzos. Como era de esperar, después vino la represión, que se materializó en destierros, prisión, y cinco condenas a muerte. Una de ellas se le impuso a Ferrer i Guàrdia, acusado de ser el cabecilla de todo lo sucedido.
Pero, ¿qué había hecho él durante esos días? Ciertamente, su ideal revolucionario no le impidió quedarse quieto ante la magnitud de lo que estaba sucediendo, e intentó promover la redacción de un manifiesto antibelicista que todas las organizaciones obreras pudieran firmar y por el cual se exigiera el retorno de las tropas de Marruecos bajo la amenaza de la radicalización y expansión de las protestas, con el fin último de una hipotética proclamación de la república. No se le hizo caso, ninguno de los líderes sindicales secundó la idea. Y se marchó de Barcelona a seguir con sus labores pedagógicas y revolucionarias en poblaciones cercanas. Es preciso llegados a este punto mencionar el hecho del débil liderazgo con que la rebelión contaba. De entrada sólo se había convocado una huelga, y nadie esperaba que fuera a ir más allá. Pero la fuerza que se puso en marcha desbordó las previsiones y nadie supo tomar las riendas de aquello. Las autoridades temieron que el incendio se extendiera al resto del país, y que pudiera acabar con el gobierno e incluso con la monarquía, pero la cosa se quedó en un estallido de rabia y violencia acéfala que pronto cayó en la deriva anticlerical y que fue fácil de sofocar. El movimiento no tuvo organización alguna, y estaba reducido a grupos radicales que camparon por unas horas a sus anchas.
Pero debió asustar al poder en tanto que síntoma de un estado de ánimo popular, porque la reacción pretendió ser ejemplarizante. Así, cada uno de los cinco condenados a muerte intenta expiar algunos de los excesos cometidos. Uno de ellos, con un ligero retraso mental, fue condenado por haber bailado en la calle con la momia de una monja. Otro fue sentenciado por quemar el mobiliario de una sacristía (que ascendía a 180 pesetas de la época). Un tercero fue acusado de disparar a la fuerza pública (aunque no causó ni siquiera una herida leve). Junto a estas categorías de criminalidad que se habían producido en el motín hacía falta el cabecilla, el cerebro detrás de todo lo ocurrido, para disuadir a cualquiera de intentar algo parecido. Y se escogió a Ferrer i Guàrdia, que tenía enemigos a diestra y siniestra. Fue acusado por algunos obispos, que dijeron haberle oído hablar de oscuros planes. Y todo el mundo vino a bien. Las fuerzas conservadoras porque así tenían la oportunidad de quitarse de en medio un sujeto peligroso (no tanto por su liderazgo político, que ya hemos visto que era más bien nulo, como por la semilla que su pedagogía podía plantar en futuras generaciones). Y las fuerzas de izquierdas porque con él eliminaban a un potencial rival (además de desviar la atención respecto de ellos y cubrirse las espaldas).
Ferrer era la víctima propiciatoria ideal: era “extraño” a las costumbres de su sociedad (junto a la cuestión ideológica y pedagógica, estaba su errática y desorganizada vida amorosa) y no parecía que nadie fuera a mover un dedo por él. Era muy fácil deshacerse de su figura haciendo ver que era el líder de todo lo ocurrido, y más teniendo en cuenta sus antecedentes, así que todo estaba listo para hacer de él el máximo culpable de los sucesos acaecidos. Para ello, se llevo a cabo un juicio repleto de irregularidades: invención de pruebas, testigos de pago, desestimación de los testigos a los que la defensa llamaba, sesiones maratonianas de hasta 20 horas (en las que hasta el juez se dormía). El resultado fue el esperado, sentencia de muerte, ejecutada el 13 de octubre el en castillo de Montjuïc.
Hubo quien dijo que nadie movería un dedo por Ferrer i Guàrdia. Y en parte así fue. Nadie recurrió a la sentencia ni nadie protestó por el teatral juicio. No en España. Pero en el exterior la gente se movilizó, en una de las primeras protestas internacionales de la historia por los derechos en otro país. Ferrer era conocido y reconocido dentro de los ambientes cultivados europeos como pedagogo, puesto que había fundado algunas revistas e instituciones en Francia y Bélgica, además de contar con amistades que airearon el caso y promovieron la protesta [5]. Hubo manifestaciones, la prensa siguió muy de cerca el proceso, y algunos gobiernos protestaron y presionaron al español. Presión que enturbió la política española obligando al presidente Antonio Maura a presentar su dimisión. Incluso hay quien, forzando la situación, ha querido prolongar la influencia de los sucesos de 1909 con la proclamación de la II República. Y si bien tal extremo parece exagerado, sí que es cierto que la Semana Trágica supuso un punto de no retorno en el agravamiento del clima social del país, que poco a poco iba a llevar hasta la explosión de los años treinta. La Semana Trágica sólo fue un hito más en ese camino, pero uno importante.
Sea como fuere, Francesc Ferrer i Guàrdia, que de ningún modo era un personaje inocente e inocuo, pero que poco tuvo que ver con lo que sucedió, pagó los platos rotos de la espontánea explosión de descontento popular y los tejemanejes de los agentes políticos, en uno de los casos más evidentes de chivo expiatorio de nuestra historia reciente [6]. Con el tiempo, se erigieron monolitos y estatuas, se rindieron homenajes, y su nombre figura en algunos colegios e institutos públicos, en un lavado de conciencia muy a toro pasado.
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[1] De hecho, Alejandro Lerroux, líder del Partido Republicano Radical, habla en sus memorias de una reunión mantenida entre él, Ferrer y Morral apenas unos días antes del atentado. Aunque no dice nada de lo que se habló en ella, es muy factible que algo tuviera que ver con el intento de magnicidio.
[2] Promovida en parte por el sentimiento de pérdida de las colonias, que movió al gobierno a lanzarse a nuevas aventuras coloniales.
[3] Para hacernos una idea del clima social del momento, a los soldados se les armaba una vez que el barco había zarpado, por miedo a que, con las armas en la mano, se rebelaran y quisieran quedarse en tierra.
[4] Tanto que durante los días de la Semana Trágica la ciudad de Barcelona y sus alrededores quedó incomunicada, lo cual permitió a las autoridades afirmar de cara al resto del país que se trataba de una huelga de carácter separatista, evitando así que la protesta se extendiera a otras partes de España.
[5] Tal vez el más conocido de estos amigos fue Anatole France (1844-1924), premio Nobel de literatura en 1921, con el que fundó la Liga Internacional para la Educación Racional de la Infancia. Además
[6] La editorial Olañeta ha publicado hace pocas fechas los documentos del juicio a Ferrer i Guàrdia, bajo el título Juicio ordinario seguido ante los tribunales militares en la plaza de Barcelona contra Francisco Ferrer Guardia.
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